Hoy, 16 de julio estrenamos en el Tinglado
CONTEMPLO LA NIEVE QUE CAE BLANDAMENTE, de Alberto Drago.
con Ulises Puiggrós y Julio Ordano.
Dirección Eduardo Lamoglia
domingo, 16 de julio de 2017
viernes, 6 de enero de 2017
viernes, 22 de junio de 2012
Veinte años no es nada
¡Cómo pasa el tiempo...! Este año no sé si haré algún espectáculo porque estoy entregado con responsbilidad a ver todas las obras teatrales que se estén dando en CABA por ser Jurado de los premios Trinidad Guevara.
Acaba de terminar el 1er. Festival Internacional de Novela Policial (BAN) donde oficié de director del área Acción Dramática. Fué muy bien y esperemos que se repita.
Tal vez, en octubre, viaje a Ushuaia para filmar con Alex Tossemberger.
Adjunto una foto que da fe del tiempo transcurrido: esos eran los famosos "muchachos de antes".
Acaba de terminar el 1er. Festival Internacional de Novela Policial (BAN) donde oficié de director del área Acción Dramática. Fué muy bien y esperemos que se repita.
Tal vez, en octubre, viaje a Ushuaia para filmar con Alex Tossemberger.
Adjunto una foto que da fe del tiempo transcurrido: esos eran los famosos "muchachos de antes".
lunes, 18 de julio de 2011
¡AHORA SI, YA ESTRENAMOS!
CRÍTICAS de OW (Oscar Wilde)
Octavio Ciro Galli (LGTBI)
O W es una obra sin desperdicios, tanto por el texto y las maravillosas interpretaciones del elenco como por la puesta en escena, que en suma hacen de ésta una obra maestra. Una obra dinámica, en la que se disfruta de seis actores versátiles, capaces de transmitirnos con la voz y el cuerpo -y un mínimo cambio de vestuario- una variedad de personajes que enriquecen la obra y la convierten en una pieza tan divertida como inteligente.
Perla Zayas de Lima
Un texto excelente que maneja con libertad los distintos niveles de discurso: ficcional e histórico, informativo y apelativo.
Ordano, un maestro a la hora de lidiar con el desafío que impone el espacio de representación
Luis Mazas (revista Veintitrés)
El espectáculo de Ordano, autor y puestista, atrapa con su ronda bien articulada de seres sórdidos, malintencionados o amorales. El elenco es integralmente impecable y dúctil para transitar con acierto los varios personajes en que se desdobla y destaca la sostenida composición de Enrique Papatino en el protagónico.
Meche Martínez
Es así como los actores realizan actuaciones maravillosas en la oportunidad que les da el libro y la puesta del director, así es como cambian de personajes en segundos, y lo mejor, que resultan creíbles y de una artística grupal impecable.
El mágico espacio de Dora Baret, el Actors Studio, con una sala llena y atenta, logró capturar la atención y el interés en un texto difícil por la profundidad de las palabras y la propuesta artística. Es muy interesante por el tratamiento y la puesta que hizo el autor y director, sumado a las actuaciones tan bien logradas que conciben una hermosa historia, reflejando una época.
¡Muy recomendable! ¡Para ver!
Roxana Randón
Felicitaciones por el bello trabajo que disfruté el domingo, y todo ese elenco que te acompaña con los cuales quedé embelesada.
En Escena Hoy (Pilar Gonzalez)
Esta es una obra llena de luces y sombras, como la vida del propio Oscar Wilde. De luces, por lo acertado del tema, su deseo de tratarlo y algunas de sus interpretaciones; y de sombras, por su puesta efectiva, su duración y la dinámica que motorizan sus actores.
En el comienzo, una serie de figuras desfilan ante un petrificado Wilde, que contempla con mirada perdida la platea. Pero pronto, la imagen viva del genial artista se hace presente en la piel de Enrique Papatino, con su elocuencia, su arrogancia y su dandismo. Será él quien encante al público durante los primeros minutos de la pieza, a través de un discurso que lo mostrará como aquel personaje al que todos tenemos en la cabeza: insoportablemente narcisista y arrogante por demás, pero al mismo tiempo insoportablemente encantador.
A SALA LLENA (Mariana Rodrigo)
Ordano, responsable de esta puesta que jamás pierde el ritmo, que busca y rebusca, que se concentra y se expande en una multiplicidad infinita. Ordano que juega con nosotros, ubicándonos ya como espectadores ya como jurados. A nuestro pesar jurados, jurados de una historia que no jugamos ni juzgamos, historia en la que no tenemos ingerencia. ¿O si?
Leandro Palazzo (Cultura Teatro)
EL LEGADO DE OSCAR WILDE REVIVE EN LAS TABLAS
La obra teatral O W de Julio Ordano es una excusa fantástica para hablar del emblemático escritor irlandés Oscar Wilde (1854-1900). Su vínculo con la sociedad, a través de su arte literario, enmarca un pensamiento visionario para un siglo XIX, culturalmente dominado por el canon victoriano. Prejuicios, creencias, aristocracia, moral inglesa y demás principios que enarbolaban la figura de la reina Victoria (1837-1901) y condenaban a los distintos, son tratados a lo largo de la representación.
Ana Ortiz
Puesta en escena
“Enrique Papatino interpreta al frívolo autor logrando un Wilde inspirado, indiscreto, irrespetuoso, poético y mordaz.
El reparto se completa con Enrique Dacal, Edgardo Moreira, Roberto Ponce, Nilda Raggi y Hernán Vazquez quienes llenan el escenario de talento y buenas interpretaciones.”
sábado, 4 de junio de 2011
sábado, 14 de mayo de 2011
lunes, 9 de mayo de 2011
miércoles, 5 de enero de 2011
miércoles, 15 de diciembre de 2010
lunes, 30 de agosto de 2010

El elenco en pleno de OW
En el “Libro Cuarto” (de “Gargantúa y Pantagruel” de François de Rabelais) se produce una tormenta en el mar. Todo el mundo está en cubierta esforzándose por salvar el barco. Tan sólo Panurgo, paralizado por el miedo, no hace sino gemir: sus hermosos lamentos se extienden a lo largo de las páginas. En cuanto amaina la tormenta, el valor vuelve a él y les riñe a todos por su pereza. Y esto es lo curioso: ese cobarde, ese mentiroso, ese comicastro, no sólo no provoca indignación alguna, sino que, en el momento en que es más jactancioso, más se le quiere. En esos pasajes es donde el libro de Rebelais pasa a ser plena y radicalmente novela: a saber: territorio en el que se suspende el juicio moral.
Suspender el juicio moral no es lo inmoral de la novela, es su moral. La moral que se opone a la indesarraigable práctica humana de juzgar enseguida, continuamente, y a todo el mundo, de juzgar antes y sin comprender. Esta ferviente disponibilidad para juzgar es, desde el punto de vista de la sabiduría de la novela, la más detestable necedad, el mal más dañino. No es que el novelista cuestione, de una manera absoluta, la legitimidad del juicio moral, sino que lo remite más allá de la novela. Allá , si le place, acuse usted a Panurgo por su cobardía, acuse a Emma Bovary, acuse a Rasgnac, es asunto suyo; el novelista ya ni pincha ni corta.
La creación del campo imaginario en el que se suspende el juicio moral fue una hazaña de enorme alcance: sólo con él pueden alcanzar su plenitud los personajes novelescos, o sea individuos concebidos no en función de la verdad preexistente, como ejemplos del bien o del mal, o como representaciones de leyes objetivas enfrentadas, sino como seres autónomos que se basan en su propia moral, en sus propias leyes. La sociedad occidental ha adquirido la costumbre de presentarse como la sociedad de los derechos del hombre; pero, antes de que un hombre pudiera tener derechos, tuvo que constituirse en individuo, considerarse como tal y ser considerado como tal; esto no habría podido producirse sin una larga práctica de las artes europeas y de la novela en particular, que enseña al lector a sentir curiosidad por el otro y a intentar comprender las verdades que difieren de las suyas. En este sentido, Cioran está en lo cierto cuando designa a la sociedad europea como la “sociedad de la novela” y cuando habla de los europeos como “hijos de la novela”.
Suspender el juicio moral no es lo inmoral de la novela, es su moral. La moral que se opone a la indesarraigable práctica humana de juzgar enseguida, continuamente, y a todo el mundo, de juzgar antes y sin comprender. Esta ferviente disponibilidad para juzgar es, desde el punto de vista de la sabiduría de la novela, la más detestable necedad, el mal más dañino. No es que el novelista cuestione, de una manera absoluta, la legitimidad del juicio moral, sino que lo remite más allá de la novela. Allá , si le place, acuse usted a Panurgo por su cobardía, acuse a Emma Bovary, acuse a Rasgnac, es asunto suyo; el novelista ya ni pincha ni corta.
La creación del campo imaginario en el que se suspende el juicio moral fue una hazaña de enorme alcance: sólo con él pueden alcanzar su plenitud los personajes novelescos, o sea individuos concebidos no en función de la verdad preexistente, como ejemplos del bien o del mal, o como representaciones de leyes objetivas enfrentadas, sino como seres autónomos que se basan en su propia moral, en sus propias leyes. La sociedad occidental ha adquirido la costumbre de presentarse como la sociedad de los derechos del hombre; pero, antes de que un hombre pudiera tener derechos, tuvo que constituirse en individuo, considerarse como tal y ser considerado como tal; esto no habría podido producirse sin una larga práctica de las artes europeas y de la novela en particular, que enseña al lector a sentir curiosidad por el otro y a intentar comprender las verdades que difieren de las suyas. En este sentido, Cioran está en lo cierto cuando designa a la sociedad europea como la “sociedad de la novela” y cuando habla de los europeos como “hijos de la novela”.
Milan Kundera
jueves, 26 de agosto de 2010
Réplica de Oscar Wilde
al director del Scotts Observer, en atención a una crítica literaria de "El retrato de Dorian Gray", publicada en ese periódico el 12 de julio de 1890
Muy señor mío: ha publicado usted una reseña crítica de mi narración "El Retrato de Dorian Gray".
Como esa reseña era groseramente injusta conmigo, en mi calidad de artista, le pido que me permita ejercer en sus columnas mi derecho a réplica.
Su crítico, señor director, aún reconociendo que la novela en cuestión es "claramente obra de un literato", obra de un hombre que posee "cerebro, arte y estilo", da a entender, y al parecer con la mayor seriedad, que la he escrito para que fuese leída por los miembros más depravados de las clases criminales e incultas.
Como no supongo, señor director, que las clases criminales e incultas lean jamás otra cosa que no sean los diarios, es infinitamente probable que sean incapaces de comprender ninguna de mis obras.
Así, pues, dejemos eso a un lado y permítame decir algo sobre la gran cuestión de por qué escribe un literato.
El placer que se experimenta creando una obra de arte es un placer puramente personal, y pensando en ese placer se crea.
El artista trabaja con los ojos fijos en su objeto. Ninguna otra cosa le interesa. Lo que la gente pueda decir no pasa siquiera por su imaginación. Está fascinado por lo que tiene entre manos. Le son indiferentes los demás.
Yo escribo porque escribir me proporciona el mayor placer artístico posible.
Si mi obra agrada a unos cuantos, me siento satisfecho.
Si no les agrada, lo lamento.
En cuanto a la plebe, no tengo el menor deseo de ser un artista popular, porque es una cosa demasiado fácil.
Así pues, su crítico comete el imperdonable crimen de confundir al artista con el tema que trata. Por ello no tiene la menor disculpa. Si nos remitimos a un hombre que es la figura literaria más grande desde la época griega, Keats ha hecho notar que sentía tanto placer en concebir el mal como en concebir el bien.
Que su crítico, señor director, considere el alcance de la fina crítica de Keats, porque en esas condiciones trabaja todo artista.
Se mantiene uno a distancia del tema que trata.
Se lo crea y se lo contempla.
Cuanto más distante está el tema tratado, más libertad tiene el artista para llevarlo a cabo.
El crítico de su periódico insinúa que yo no muestro con bastante claridad si prefiero la virtud a la maldad o la maldad a al virtud.
Un artista, señor director, carece de simpatía ética. Para él, la virtud y la maldad son simplemente lo que son para un pintor los colores de su paleta, nada más, ni nada menos. Por medio de ellos, el ve que puede producirse un efecto artístico y lo produce.
Yago podrá ser moralmente horrible, e Imogenia de una pureza inmaculada. Shakespeare, como dice Keats, siente tanto placer en crear al uno como a la otra. Era necesario, señor director, para el desarrollo dramático de mi narración, que Dorian Gray estuviese rodeado de una atmósfera de corrupción moral. Sin esto, la narración no tendría sentido alguno, ni la intriga ningún desenlace.
Mantener esa atmósfera de lo vago, de lo indeterminado, de lo maravilloso; es la finalidad de lo que el artista refiere en su narración.
Cada cual ve su propio pecado en Dorian Gray.
Nadie sabe cuales son los pecados de Dorian Gray. Si alguien los descubre, es que los llevaba en sí mismo.
Y, para terminar, señor director, permítame decir cuán profundamente siento que haya usted dejado pasar en su periódico un artículo como el que ha motivado mi réplica.
Que el director de Saint James Gazette haya empleado a Calibán como crítico de arte, entraba en las naturales posibilidades. Pero el director del Scotts Observer no hubiera debido permitir a Tersites que hiciese muecas en su diario. Soy indigno de preocupar a un escritor tan distinguido.
Queda de usted atento servidor.
Oscar Wilde
16 Tite Street, Chelsea
Julio 9, 1890
al director del Scotts Observer, en atención a una crítica literaria de "El retrato de Dorian Gray", publicada en ese periódico el 12 de julio de 1890
Muy señor mío: ha publicado usted una reseña crítica de mi narración "El Retrato de Dorian Gray".
Como esa reseña era groseramente injusta conmigo, en mi calidad de artista, le pido que me permita ejercer en sus columnas mi derecho a réplica.
Su crítico, señor director, aún reconociendo que la novela en cuestión es "claramente obra de un literato", obra de un hombre que posee "cerebro, arte y estilo", da a entender, y al parecer con la mayor seriedad, que la he escrito para que fuese leída por los miembros más depravados de las clases criminales e incultas.
Como no supongo, señor director, que las clases criminales e incultas lean jamás otra cosa que no sean los diarios, es infinitamente probable que sean incapaces de comprender ninguna de mis obras.
Así, pues, dejemos eso a un lado y permítame decir algo sobre la gran cuestión de por qué escribe un literato.
El placer que se experimenta creando una obra de arte es un placer puramente personal, y pensando en ese placer se crea.
El artista trabaja con los ojos fijos en su objeto. Ninguna otra cosa le interesa. Lo que la gente pueda decir no pasa siquiera por su imaginación. Está fascinado por lo que tiene entre manos. Le son indiferentes los demás.
Yo escribo porque escribir me proporciona el mayor placer artístico posible.
Si mi obra agrada a unos cuantos, me siento satisfecho.
Si no les agrada, lo lamento.
En cuanto a la plebe, no tengo el menor deseo de ser un artista popular, porque es una cosa demasiado fácil.
Así pues, su crítico comete el imperdonable crimen de confundir al artista con el tema que trata. Por ello no tiene la menor disculpa. Si nos remitimos a un hombre que es la figura literaria más grande desde la época griega, Keats ha hecho notar que sentía tanto placer en concebir el mal como en concebir el bien.
Que su crítico, señor director, considere el alcance de la fina crítica de Keats, porque en esas condiciones trabaja todo artista.
Se mantiene uno a distancia del tema que trata.
Se lo crea y se lo contempla.
Cuanto más distante está el tema tratado, más libertad tiene el artista para llevarlo a cabo.
El crítico de su periódico insinúa que yo no muestro con bastante claridad si prefiero la virtud a la maldad o la maldad a al virtud.
Un artista, señor director, carece de simpatía ética. Para él, la virtud y la maldad son simplemente lo que son para un pintor los colores de su paleta, nada más, ni nada menos. Por medio de ellos, el ve que puede producirse un efecto artístico y lo produce.
Yago podrá ser moralmente horrible, e Imogenia de una pureza inmaculada. Shakespeare, como dice Keats, siente tanto placer en crear al uno como a la otra. Era necesario, señor director, para el desarrollo dramático de mi narración, que Dorian Gray estuviese rodeado de una atmósfera de corrupción moral. Sin esto, la narración no tendría sentido alguno, ni la intriga ningún desenlace.
Mantener esa atmósfera de lo vago, de lo indeterminado, de lo maravilloso; es la finalidad de lo que el artista refiere en su narración.
Cada cual ve su propio pecado en Dorian Gray.
Nadie sabe cuales son los pecados de Dorian Gray. Si alguien los descubre, es que los llevaba en sí mismo.
Y, para terminar, señor director, permítame decir cuán profundamente siento que haya usted dejado pasar en su periódico un artículo como el que ha motivado mi réplica.
Que el director de Saint James Gazette haya empleado a Calibán como crítico de arte, entraba en las naturales posibilidades. Pero el director del Scotts Observer no hubiera debido permitir a Tersites que hiciese muecas en su diario. Soy indigno de preocupar a un escritor tan distinguido.
Queda de usted atento servidor.
Oscar Wilde
16 Tite Street, Chelsea
Julio 9, 1890
lunes, 23 de agosto de 2010

Los ensayos marchan de campanillas.
“¡Los actores son tan afortunados! Pueden elegir entre aparecer en tragedias o en comedias, sufrir o divertirse, reír o llorar. Pero en la vida real es diferente. La mayoría de los hombres y las mujeres están forzados a actuar en papeles para los cuales no tienen ninguna aptitud. Nuestros Guildensterns representan a Hamlet y nuestros Hamlets deben bromear como el príncipe Hal. El mundo es un escenario pero a la obra le asignaron mal el reparto.”
Oscar Wilde (El crimen de Lord Arthur Savile)
Oscar Wilde (El crimen de Lord Arthur Savile)
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