miércoles, 5 de enero de 2011



¡Que lindo elenco el de OW!


"No voy a dejar de hablarle sólo porque no me esté escuchando. Me gusta escucharme a mí mismo. Es uno de mis mayores placeres. A menudo mantengo largas conversaciones conmigo mismo, y son tan inteligentes, que a veces no entiendo una palabra de lo que digo."

Oscar Wilde

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Con Edgardo Moreira y el negro Espeche se ha completado el elenco de OW.
Bienvenidos y ¡a ensayar...!

Negro Espeche


Edgardo Moreira


lunes, 30 de agosto de 2010



El elenco en pleno de OW


En el “Libro Cuarto” (de “Gargantúa y Pantagruel” de François de Rabelais) se produce una tormenta en el mar. Todo el mundo está en cubierta esforzándose por salvar el barco. Tan sólo Panurgo, paralizado por el miedo, no hace sino gemir: sus hermosos lamentos se extienden a lo largo de las páginas. En cuanto amaina la tormenta, el valor vuelve a él y les riñe a todos por su pereza. Y esto es lo curioso: ese cobarde, ese mentiroso, ese comicastro, no sólo no provoca indignación alguna, sino que, en el momento en que es más jactancioso, más se le quiere. En esos pasajes es donde el libro de Rebelais pasa a ser plena y radicalmente novela: a saber: territorio en el que se suspende el juicio moral.
Suspender el juicio moral no es lo inmoral de la novela, es su moral. La moral que se opone a la indesarraigable práctica humana de juzgar enseguida, continuamente, y a todo el mundo, de juzgar antes y sin comprender. Esta ferviente disponibilidad para juzgar es, desde el punto de vista de la sabiduría de la novela, la más detestable necedad, el mal más dañino. No es que el novelista cuestione, de una manera absoluta, la legitimidad del juicio moral, sino que lo remite más allá de la novela. Allá , si le place, acuse usted a Panurgo por su cobardía, acuse a Emma Bovary, acuse a Rasgnac, es asunto suyo; el novelista ya ni pincha ni corta.
La creación del campo imaginario en el que se suspende el juicio moral fue una hazaña de enorme alcance: sólo con él pueden alcanzar su plenitud los personajes novelescos, o sea individuos concebidos no en función de la verdad preexistente, como ejemplos del bien o del mal, o como representaciones de leyes objetivas enfrentadas, sino como seres autónomos que se basan en su propia moral, en sus propias leyes. La sociedad occidental ha adquirido la costumbre de presentarse como la sociedad de los derechos del hombre; pero, antes de que un hombre pudiera tener derechos, tuvo que constituirse en individuo, considerarse como tal y ser considerado como tal; esto no habría podido producirse sin una larga práctica de las artes europeas y de la novela en particular, que enseña al lector a sentir curiosidad por el otro y a intentar comprender las verdades que difieren de las suyas. En este sentido, Cioran está en lo cierto cuando designa a la sociedad europea como la “sociedad de la novela” y cuando habla de los europeos como “hijos de la novela”.

Milan Kundera

jueves, 26 de agosto de 2010

OW


Réplica de Oscar Wilde
al director del Scotts Observer, en atención a una crítica literaria de "El retrato de Dorian Gray", publicada en ese periódico el 12 de julio de 1890

Muy señor mío: ha publicado usted una reseña crítica de mi narración "El Retrato de Dorian Gray".
Como esa reseña era groseramente injusta conmigo, en mi calidad de artista, le pido que me permita ejercer en sus columnas mi derecho a réplica.
Su crítico, señor director, aún reconociendo que la novela en cuestión es "claramente obra de un literato", obra de un hombre que posee "cerebro, arte y estilo", da a entender, y al parecer con la mayor seriedad, que la he escrito para que fuese leída por los miembros más depravados de las clases criminales e incultas.
Como no supongo, señor director, que las clases criminales e incultas lean jamás otra cosa que no sean los diarios, es infinitamente probable que sean incapaces de comprender ninguna de mis obras.
Así, pues, dejemos eso a un lado y permítame decir algo sobre la gran cuestión de por qué escribe un literato.
El placer que se experimenta creando una obra de arte es un placer puramente personal, y pensando en ese placer se crea.
El artista trabaja con los ojos fijos en su objeto. Ninguna otra cosa le interesa. Lo que la gente pueda decir no pasa siquiera por su imaginación. Está fascinado por lo que tiene entre manos. Le son indiferentes los demás.
Yo escribo porque escribir me proporciona el mayor placer artístico posible.
Si mi obra agrada a unos cuantos, me siento satisfecho.
Si no les agrada, lo lamento.
En cuanto a la plebe, no tengo el menor deseo de ser un artista popular, porque es una cosa demasiado fácil.
Así pues, su crítico comete el imperdonable crimen de confundir al artista con el tema que trata. Por ello no tiene la menor disculpa. Si nos remitimos a un hombre que es la figura literaria más grande desde la época griega, Keats ha hecho notar que sentía tanto placer en concebir el mal como en concebir el bien.
Que su crítico, señor director, considere el alcance de la fina crítica de Keats, porque en esas condiciones trabaja todo artista.
Se mantiene uno a distancia del tema que trata.
Se lo crea y se lo contempla.
Cuanto más distante está el tema tratado, más libertad tiene el artista para llevarlo a cabo.
El crítico de su periódico insinúa que yo no muestro con bastante claridad si prefiero la virtud a la maldad o la maldad a al virtud.
Un artista, señor director, carece de simpatía ética. Para él, la virtud y la maldad son simplemente lo que son para un pintor los colores de su paleta, nada más, ni nada menos. Por medio de ellos, el ve que puede producirse un efecto artístico y lo produce.
Yago podrá ser moralmente horrible, e Imogenia de una pureza inmaculada. Shakespeare, como dice Keats, siente tanto placer en crear al uno como a la otra. Era necesario, señor director, para el desarrollo dramático de mi narración, que Dorian Gray estuviese rodeado de una atmósfera de corrupción moral. Sin esto, la narración no tendría sentido alguno, ni la intriga ningún desenlace.
Mantener esa atmósfera de lo vago, de lo indeterminado, de lo maravilloso; es la finalidad de lo que el artista refiere en su narración.
Cada cual ve su propio pecado en Dorian Gray.
Nadie sabe cuales son los pecados de Dorian Gray. Si alguien los descubre, es que los llevaba en sí mismo.
Y, para terminar, señor director, permítame decir cuán profundamente siento que haya usted dejado pasar en su periódico un artículo como el que ha motivado mi réplica.
Que el director de Saint James Gazette haya empleado a Calibán como crítico de arte, entraba en las naturales posibilidades. Pero el director del Scotts Observer no hubiera debido permitir a Tersites que hiciese muecas en su diario. Soy indigno de preocupar a un escritor tan distinguido.
Queda de usted atento servidor.


Oscar Wilde
16 Tite Street, Chelsea
Julio 9, 1890